"La innovación también puede ser un virus"
Nos gusta el tecleo y compartir nuestro cuento. Es por eso que hemos escrito para la revista AQUA una columna de innovación junto a Juanjo que compartimos por este medio también.
Sostenemos, que tal como los virus hoy contagian y aquejan a la Industria del Salmón chilena, la innovación puede ser contagiada también. En eso estamos nosotros.
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La Innovación también puede ser un virus
Leí hace algunos años un libro de Fernando Savater, llamado “El valor de educar”. En él este filósofo español proponía de manera novedosa en las frases, palabras y metáforas usadas, una manera de concebir el fenómeno educacional como un contagio. Como cual enfermedad, la educación no es sino el proceso a través del cual los humanos contagiamos nuestra humanidad a propósito a los nuevos seres vivos que como humanos concebimos en el amor… aunque a estas alturas ya no podemos estar seguro de esto último. Los niños, entonces, no son el futuro. El futuro está en los adultos que somos hoy en día y que en la convivencia diaria con nuestros niños vamos configurando, siempre en tiempo presente. Esto decimos entender por educación cuando hablamos de educación. Esto es también extrapolable, a la relación continua que tenemos como adultos y entre adultos. Nos vamos contagiando entre nosotros nuestros modos, nuestras maneras de ver, percibir y vivir el mundo. Asimismo, a no olvidar que los niños son un buen maestro siempre también… ¿te perdiste? No, no te has perdido, solo que me enredo a ratos para decir algunas cosas, como por ejemplo que en realidad el fenómeno educacional es un espacio relacional que no conoce maestro, sino más bien se realiza y desenvuelve en aprendices, que aprenden de sí mismos y de los otros en la convivencia simple.
La educación, en aquellas maneras esenciales de hacernos como seres humanos conscientes del mundo y la sociedad de la que formamos parte, tiene una dimensión teleológica y otra no teleológica… eso quiere decir: con y sin propósito respectivamente. Es con propósito del lado del que tiene la pretensión de “enseñar algo” y también del lado del que se propone aprender “algo”; es sin propósito en el resultado, en la incorporación de ciertas actitudes, aptitudes y habilidades que en un tiempo anterior no estaban presentes…. ¿si? Recuerdo un ejemplo que leí en algún libro de Humberto Maturana, sobre educación, y que decía que cuando el niño y el profesor de matemáticas vivían el espacio educacional de las matemáticas, el niño no sólo aprendía (o no) la operación racional/funcional sino que también aprendía el mundo relacional y emocional que ambos configuraban en el momento presente en que ocurría la clase de matemáticas… esto es, que si por ejemplo el profesor abre las matemáticas con exactamente los mismos ejercicios que los niños verían en la próxima prueba SIMCE, y los incentivaba a aprenderlos para que les vaya mejor pues “serán los mismos que saldrán en el examen oficial y que él astutamente logró obtener antes”, además de estar ante la posibilidad cierta de aprender la operacionalidad aritmética o geométrica (propósito), están también ante la oportunidad cierta y cercana de aprender (aprehender) la trampa, el fraude como algo legítimo, están aprendiendo el mundo relacional (la ética) y el mundo emocional (moral) en que la trampa y el engaño (incluso a sí mismos) son totalmente válidos (no propósito).
A todo este “contexto” (¿?) subyace el hecho que la educación está ocurriendo en todo momento. Eso nos lleva a decir que no solo es el espacio formal, como el colegio, la universidad o centros de capacitación, una fuente de contagio para hacernos las personas que somos, para aprehender nuevas capacidades y actitudes. La educación ocurre entre todos, en todas partes, todo el rato.
Y, a qué viene todo este cuento de la educación, que a estas alturas ya te tiene medio lateado pensando en que es filosofía de la más barata… o imaginando, los más osados, alguna toma que viste mientras caminabas hace un par de semanas frente a algún colegio denominado “emblemático”. Viene a que la innovación es una capacidad, a la cual se yuxtaponen habilidades y actitudes esenciales. Como capacidad constituida de habilidades y actitudes, se aprende. Los innovadores y la innovación emergen en un proceso educativo. Es decir sin educación no hay innovadores. Sin innovadores, no hay innovación.
Entonces, la innovación es un virus también… y puede servir para combatir otros virus que deambulan estropeando el ánimo y el bolsillo de algunos por ahí. La innovación se contagia. Sin innovadores, no hay innovación, y con ello no hay experiencias que permitan conservar de generación en generación experiencias, y conocimientos pro innovación.
Hoy por hoy, en una economía “emergente” (cri cri, cri cri!!)… como la nuestra, la innovación es un imperativo no sólo económico, sino que político, social y cultural. Como tal entonces, merece resituarse en contextos en que se la propenda, favorezca y promocione… merece ser resituada y revalorada, como un dominio humano necesario para aumentar el bienestar social de nuestro país. La innovación merece activistas abanderados con un único lema: “innovación de parte de todos, en todas partes, todo el rato!!”
El primer paso es desmitificarla. Esto implica desatender las complejidades que pretenden los académicos, y “gurúes” en el tema. La innovación no es sofisticada, no es un “algo” reservado solo para los Phd, Magíster y/o profesionales altamente calificados; no es sólo para los que saben hablar en inglés, ni un dominio de sabiduría y maestría al que sólo se llega siendo consultor de grandes consultoras. No señor!… más aún, no necesitas consultores para generar innovación, necesitas innovadores capaces de contagiar su espíritu. No creas en esas definiciones “elevadas”, que dan miedo y alejan.
Conversa, pregúntate, pregunta a otros, atiende, escucha. Hazlo con amor, confianza, y pasión. Ponle sentido, y construye un ambiente, un contexto que sea inclusivo, que invite, que de ganas. Incluso está permitido no hablar de innovación… para innovar lo único que necesitas es conversar. Y conversar a tu modo. No hay recetas únicas, ni modelos altamente eficientes. No compres la pulsera de los siete poderes. Tal vez, ésta te quite el primordial y casi único poder que tienes: la convicción sobre ti mismo.
El segundo paso es democratizarla. Ya que te diste cuenta que no es sólo para los “bacanes” del oficio diario, ponte a volar, crear, imaginar, idear. Busca un problema. Invita a los demás a buscarlos contigo. Invítalos a mirarlos y agradecer por tenerlos. En ese acto aprende a no culpar o responsabilizar a otro. Que feo y limitante. Busca ayuda y lánzate a arreglar el mundo, tu mundo.
El tercer y último paso es aprender a celebrar. Celebrar los éxitos y los fracasos. Aprende a valorar los tropiezos, tanto como los aciertos. Y celebra con “cuática”, grítalo, y cuéntalo a otros. Y vuelve a jugar.
Que quede claro que la educación es el lugar desde el cual podemos generar innovadores, no sucede de otra forma. La innovación y los innovadores son el resultado, el producto de un continuo ir y venir educacional. Sucederá cuando quieras y cuando no. ¿Cómo lo hacemos entonces? Ahí está el desafío. No hay que esperar la receta, ésta no existe, y nunca existirá. Por lo pronto, es importante advertir que con los modelos tradicionales, la innovación y los innovadores seguirán siendo bichos raros y privilegiados. Los modelos tradicionales de hacer colegio, universidad, empresa y comunidad. Si el niño no tiene el permiso para estar en desacuerdo con su profesor, si no tiene el permiso para proponer, sugerir, crear, e incluso decir que los adultos se equivocan cuando se equivocan; si en las empresas todas las personas no tienen el espacio para declarar abiertamente su sentir, sus problemas; si tanto los niños, como adultos, profesores, empleados y jefes no tienen el espacio (permiso) para cagarla, para decir “puta, la cagué!” sin temor a represalias, ni enojos, ni despidos o expulsiones… la innovación seguirá siendo un ideal, complejo y hasta caro.
La invitación es a generar espacios abiertos, en todas partes. Generar espacios abiertos de conversación y diálogo, basados en la confianza y en el supuesto que todos tienen mucho (no algo) que aportar. Espacios “virulentos” donde todos se contagien con todos. Donde se pongan los temas propios en la mesa, en la conversación de la comunidad. Hazlo en tu empresa. Hazlo en tu colegio. Hazlo en tu sala de clases. Hazlo en tu ciudad… anda a SalmonValei y conversa de aquello que te interesa y preocupa, cuenta tus ideas, tus inquietudes, aprende, escucha y observa a los que asisten contigo.
Para innovar conversa. Hazlo simple, y en español. A tu modo. Aprende en la práctica… practica, practica, y practica. Equivocate, y celebra aquellas equivocaciones. Invita, convoca. Hazlo con amor, y confianza, genuinamente… si no, esto no va a resultar!



